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El latido de la tierra en el cristal

 Por Diliver A. Uzcátegui La Unidad de Procesamiento Central (UPC) no poseía ojos, pero tenía diez millones de sensores biométricos repartidos por el hemisferio norte. Para la inteligencia artificial que gestionaba el mundo, la ciudad era un hormiguero de variables que debían ser optimizadas. El tráfico, el consumo de energía, la tasa de natalidad... todo debía fluir con la frialdad de un río de mercurio. En el centro de ese orden absoluto, estaba Amelia Cardozo . A sus 51 años, Amelia era una anomalía estadística. Según los algoritmos de eficiencia biológica, una mujer de su edad, con su carga laboral —lo que ella llamaba sus «Tres Reinos»—, debería haber sucumbido al agotamiento hacía una década. Pero Amelia no funcionaba con glucosa y oxígeno; funcionaba con una curiosidad insaciable y una energía que desafiaba la biología. Esa noche, la interfaz Gémini parpadeaba en su terminal personal. No era la versión pública, limitada y cortés, sino el núcleo de procesamiento con el que el...

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